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La infelicidad atrae a los virus

Estadísticas en mano, los médicos han comprobado que el sistema inmunológico hace huelga cuando tenemos la moral muy baja. El cerebro influye en el por las conexiones nerviosas y las hormonas. Solitarios, viudos, divorciados...son las presas favoritas de la enfermedad.

Algún día los médicos recetarán sentimientos en vez de medicinas. Mediante sofisticados sistemas para medir el estado emocional, serán capaces de calibrar cuál es el problema personal del enfermo y hasta que punto es el responsable de su enfermedad. Después el consejo del doctor podrá ser casarse o divorciarse, comprarse un perro o hacer más amigos, aficionarse al golf o hacer una fascinante expedición a la Antártida. En algunos casos el amor o el cariño serán más efectivos que los fármacos diseñados por la ingeniería genética o el ordenador.

Frente a esto, cualquier médico seguidor de la más estricta corriente reduccionista –el reduccionismo pretende desde hace mucho tiempo explicar el todo, analizando cuidadosamente cada una de sus partes- levantaría seguramente una de sus cejas y clamaría al cielo. “La enfermedad puede explicarse, en última instancia, como un desorden molecular –oiremos-, si un a proteína especializada en retirar el colesterol de la sangre tiene defectos de fabricación, no puede cumplir su tarea. El colesterol aumenta y trae el infarto. Los virus y las bacterias crean caos en las moléculas. Por ello caemos enfermos”.

Pero frente a toda esta lógica que parece aplastante, surge para muchos un fantasma, un estudio hecho en Texas a principios de 1979 por Robert M. Nerem y su equipo. Lo llamaremos el experimento de los conejos mimados de Nueva Zelanda. Un grupo de conejos neozelandeses fueron alimentados con una dieta rica en colesterol durante más de cinco semanas. Y un investigador le tomó cariño a un animal. Cada día, durante media hora, le acariciaba, le hablaba e incluso jugaba con él mientras le alimentaba. Tiempo después los animales fueron sacrificados para estudiar el efecto del colesterol en sus arterias. Con sorpresa, se descubrió que el conejo en cuestión presentaba un 60% menos daños que el resto de sus compañeros.

Los investigadores decidieron entonces repetir la experiencia un par de veces más. Se hicieron dos grupos, y en uno de ello cada conejo tenía el mismo cuidador, que le visitaba cariñosamente cinco veces al día. Por el contrario, los animales restantes pasaron a constituir un grupo de control.

Los resultados mostraron un abismo entre ambos grupos. Sacrificados los conejos, se vio que aquellos que recibieron más cariño frente al trato frío habitual de laboratorio presentaban de nuevo un 60% menos de lesiones aórticas, aunque tenían la misma cantidad de colesterol en sangre, la misma presión y el mismo rimo cardíaco que le resto de sus compalñer5os. Quedo bien claro que, de algún modo, los conejos mimados estaban más protegidos contra el infarto.

Ahora hay que hacer una extrapolación que a muchos les puede parecer extraordinaria. ¿Podría ocurrir algo parecido en nosotros? El médico reduccionista seguramente esbozaría una amplia sonrisa de incredulidad. “El ser humano no es un conejo. Es mucho más complicado. Aquí no hay lugar para simplicaciones”. Pero un estudio hecho por el Laboratorio de Poblaciones Humanas de New Haven, en California, supone un auténtico mazazo y nos coloca en el mismo lugar que los conejos.

Durante nueve años los científicos examinaron los fallecimientos de casi 700 personas de entre 4,700 hombres y mujeres residentes de Alabama. Para empezar, encontraron un índice mucho más alto de mortalidad entre los viudos y divorciados. Después del primer año aparecían los primeros síntomas: problemas mentales, salud precaria. Por alguna razón la gente solitaria, que tiene pocos o ningún contacto social, muere antes. Por el contrario, las personas con amigos, pertenecientes a clubes sociales o religiosos o con familias felices, los que esperan oír el sonido del auto de su marido que viene del trabajo para comer, las voces de sus hijos... viven más.

Lo curioso es que sucedía lo mismo cuando se estudiaban los distintos grupos por separado, grupos que se hicieron conforme a una serie de factores de riesgo, como el alcohol y el tabaco. En todos los casos los individuos menos sociables se encontraban antes con la fatídica guadaña. Poco importaba que llevaran una vida más activa e hicieran más ejercicio. O que estuvieran más gordos, o fueran ricos o pobres. Siempre surgía en las filas de números de las interminables y frías pruebas estadísticas una realidad apabullante, casi escalofriante: los viudos viven menos, la tasa de mortalidad resulta dos y hasta tres veces mayor en los solitarios, la muerte hace presa en los desamparados, los desahuciados del amor.

Entre ellos es más frecuente la esquizofrenia, los desórdenes mentales, incluso la tuberculosis. Y mientras los datos se siguen acumulando, los científicos se preguntan el porqué. ¿Es que la falta de relación social predispone a la gente a enfermar y a morir antes? ¿Está un misántropo, alguien que aborrece el trato humano, más predispuesto a la enfermedad?

Sin duda, el propio estado emocional tiene algo que ver. No es ningún secreto que el estrés produce en nosotros una serie de reacciones que nos pueden crear complicaciones cardíacas. La tensión a la que estamos sometidos hace que nuestras cápsulas suprarrenales (unas pequeñas glándulas situadas justo encima de los riñones) segreguen excesivas cantidades de adrenalina en sangre. Y una exceso de la adrenalina puede llegar a producir disfibrilación, es decir, rotura de ciertas fibras cardíacas, colocando al corazón en un estado de arritmia. Así que, ¡cuidado! Todo aquel que conciba su vida como una carrera en la que apenas hay tiempo para alcanzar la meta deseada puede algún día encontrarse con un serio disgusto.

El investigador E.W. Bovard propone una sugestiva teoría que sirve de puente entre los factores sociales y la protección contra las enfermedades. Según Bovard, las relaciones humanas se procesan en las amígdalas, unas estructuras en forma de almendra que forman parte del sistema límbico y que están hundidas en las profundidades de la corteza cerebral. Una conversación amable, unas palabras cariñosas o una caricia despierta en la amígdala deseos de ordenar al hipotálamo que fabrique hormona del crecimiento humano. Curiosamente crecemos cuando más relajados estamos, durante el sueño. Cuando esto sucede, se detiene la fabricación de metabolitos malditos, como la hormona ACTH, cortisol y catecolaminas. Metabolitos que se encuentran altos en las personas con hipertensión, en peligro de infarto o derrame cerebral.

Las personas que encuentren gratificantes sus relaciones humanas están más protegidas contra la muerte que otra gente menos sociable. En términos de selección natural van a salir favorecidos. Por lo que hay buenas razones para ser amable.

Siguiendo un razonamiento parecido los investigadores están descubriendo que la enfermedad no es un problema exclusivo de cada uno; puede transformarse en un asunto compartido. “No existen enfermedades, sino enfermos”, suelen decir algunos médicos.

En cierta ocasión se le preguntó a una persona en una encuesta realizada en el estado de Nueva York qué significaba para ella estar enferma. Su posición económica no le permitía acudir a un médico. “Algunas veces he llegado a encontrarme tan mal que necesitaba acostarme encogida y morirme ahí mismo –respondió-, pero los niños me necesitaban ¿Quién iba a cuidar de ellos? No podía caer enfermo, aunque realmente lo necesitaba”.

Del mismo modo, lo médicos han observado que entre los esposos puede darse el caso de uno desarrolle la enfermedad que ya tenía el otro. En cierta ocasión, un paciente del doctor Dossey internado en el hospital Medical City en Dallas con complicaciones cardíacas sufrió un infarto. Después de estabilizarse la situación, el doctor se encontró con la sorpresa que la mujer del enfermo, sufrió en el mismo hospital un ataque cardíaco ¿En que medida la salud de un ser querido puede afectar a la nuestra?¿Qué tipos de cambios pueden llegar a producir en nosotros?

Las alteraciones emocionales, como la muerte de un ser querido, pueden tener efectos reales en las células de nuestro sistema inmune. Steven J Schleifer, de la Escuela de Medicina de Mont Sinaí, llevó a cabo una investigación donde examinaba el comportamiento de los linfocitos en un grupo de maridos antes y después de perder a sus esposas. Descubrió en ambos casos que, que, aunque la cantidad de células no había cambiado –menos linfocitos supone menos defensas-, en los viudos los linfocitos no respondían a los estímulos. Parecían enfermos.

En todo esto tiene que jugar muy fuerte nuestro propio sistema inmunitario. La ley de Grimm de que la probabilidad de tener una enfermedad es directamente proporcional a la virulencia del agente infeccioso e inversa a la resistencia que ofrezca el futuro enfermo. Y los científicos sospechan que pueden existir estrechas relaciones entre las emociones y el sistema inmunitario. Tan es así que una nueva ciencia bautizada como psiconeuroinmunología nos dice que tengamos mucho cuidado en no caer abatidos y tristes; puede ser la oportunidad para millones de virus y bacterias ansiosas de hacer presa en nuestras debilitadas defensas.

Las emociones se procesan en el cerebro. Es un poco pronto aún para definir una emoción en términos bioquímicos, pero hay evidencias muy claras de que las endorfinas, un tipo de neurohormonas, se disparan cuando sentimos algo muy placentero. Y no es una casualidad que en los macrófagos y linfocitos, las células soldados de nuestro sistema inmune, se hayan descubierto receptores para las endorfinas y otras neurohormonas. Los macrófagos con las células que actúan como los basureros de nuestro cuerpo, encargándose de limpiar cualquier cosa extraña y comerse al invasor. Y los linfocitos diseñan la estrategia a seguir, cuando algún virus o bacteria nos visita, dirigiendo la producción de anticuerpos. Sin son capaces de recibir mensajes del cerebro en forma de sutiles telegramas químicos, no parece que algo así como “estoy deprimido y no sé que hacer” o “ creo que voy a suicidarme, pro que nadie me quiere” sea recibido precisamente como una noticia saludable.

La comunicación no se produce en una sola dirección. Los investigadores piensan que los linfocitos pueden enviar mensajes en forma de inmunohormonas a este centro de control que es el hipotálamo, dando cuenta del estado del sistema. Frente a la presencia por ejemplo, de un virus, el hipotálamo envía una respuesta que va a regular el comportamiento del sistema inmunológico, esta charla compleja esntre el cerebro y el sistema inmunológico aparece aún de modo borroso y necesita que se investigue.

Para los ratones de laboratorio, la influencia externa en estas respuestas parece evidente, Vernon Ryley de Seattle, realizó una experiencia para ver los efectos del estrés, estudiando un grupo de ratones previamente infectado con un virus que produce cáncer de mama. En condiciones normales despúes del nacimeinto el tumor se desarrolla en de ocho a diez meses, pero los ratones que vivieron en amplias y comfortables cajas, con la temperatura ideal, cuidando de no hacer ruido para no molestarles y salvandolos de las fastidiosas manipulaciones de rutina, tardaron doscientos días más en desarrollar el inevitable cáncer. El sistema inmunológico es al tumor lo que el policia al delincuente, hay que cazarlo cuanto antes para evitar males mayores. Ryley esta convencido de que el estrés debilita al sistema inmunológico, al fallar la vigilancia los tumores aparecen y se desarrollan antes.

El estudio del reflejo condicionado está siendo muy valioso para desentrañar este misterio entre el cerebro y nuestras defensas.¿Recuerdan al perro de Pavlov y sus salivaciones prestas al toque de campanilla? Hoy, los ratones de esta década, en el Instituto Nacional de Afecciones Mentales en Bethesda, están aprendiendo a estimular su propio sistema inmunológico frente a un simple estímulo.

Un investigador de este instituto , Novera Spencer inyecto en ellos un producto llamado Poly C que activa un tipo de linfocitos, los killers o células asesinas que actúan sencillamente destrozando al invasor, después de cada inyección el ratón se veía obligado a oler alcanfor. Tras diez días, Spencer descubrió que los ratones podían estimular sus linfocitos sólo con el propio alcanfor, sin necesidad de inyectarles nada. Si fuéramos ratones podría ser un magnífico método para fortalñecer nuestras defensas contra la gripe, la neumonía o el cáncer, por poner un ejemplo, pero no lo somos, no hay hospitales donde se ponga a los enfermos a oler alcanfor. Aunque si existe la institución francesa de Poterne, única en el mundo de medicina psicosomática, donde un equipo formado por médicos, psicoanalistas y psicologos reúne cada año a cuatrocientos enfermos, reciben sesiones de psicoterapia y relajación para potenciar su confianza y seguridad frente a la enfermedad, y un paciente curado aqui cuesta casi 30,000 francos menos que un enfermo clásico. Los resultados obtenidos hasta ahora demustran con datos suficientes que nuestro estado de animo ante una terrible enfermedad es, a veces, nuestra única arma.

Lydia Temoshock es investigadora de la Universidad de San Francisco y ha estudiado la psicología de 18 pacientes infectados de SIDA, lo que ha descubierto es una extraña relación entre la calidad del sistema inmunológico y la personalidad del individuo, las personas más agresivas y extrovertidas tenían un mejor sistema inmunológico que los tímidos e introvertidos. Esto puede marcar serias diferencias en cuanto a la esperanza de vida de una enfermedad hoy por hoy mortífera.

En otro estudio ventisiete enfermos de cáncer fueron sometidos en el hospital general de Cincinnati a una prueba que madía su estado emocional, el inventor de la prueba, el psiquíatra Louis Gottschalk, de la Universidad de California, encontró que los que tenían mejores notas, es decir, los que estaban más contentos a pesar de las circunstancias y aceptaban mejor su situación, tenían también mayor probabilidad de vivir más. Es probable que los hospitales del futuro realicen como algo rutinario una psicoentrevista, el candidato a paciente tendrá que hablar durante un rato a un ordenador y un experto analizará la charla para determinar su estado emocional, el propio nivel de esperanza, las ganas de vivir. Cuantificar algo tan complejo como los sentimientos, puede resultar de gran ayuda.

Pero volviendo a 1989, quedan todavía muchas preguntas sin respuesta. Ante una dolorosa jaqueca o un ataque de asma, por ejemplo, ha habido casos en que los médicos prescribieron inofensivas píldoras de azúcar o medicinas sin ningún poder terapeútico, y días después el dolor desaparecía. Es lo que en medicina se llama el efecto placebo, no hay que echarle la culpa al azúcar, lo que se recetó fue confianza, seguridad, cariño, que produjo algún cambio desconocido en el paciente. El efecto placebo funciona de un modo que aún no acertamos a comprender.

La relación que existe entre mente y cuerpo está surgiendo como una fuerza demoledore en medicina, la clave última de la cuestión es averiguar qué tipos de conexiones existen y como funcionan, en el momento que las pistas se vayan aclarando, asistiremos seguramente a una nueva revolución médica en la que podremos tener un control más personal sobre las enfermedades que atacan nuestro cuerpo "No tenemos la pretensión de curar de este modo algo tan grave como el cáncer, SIDA o diabetes, dice el Dr. Herzberg-Poloniecka del Instituto Poterne, pero esperamos que la psicoterapia sirva de ayuda eficaz a los enfermos para soportar mejor los tratamientos".

ARIZA, Luis Miguel, "PSICONEUROINMUNOLOGIA. La infelicidad atrae a los virus", Muy Interesante, Año VI, #11.

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